A la mañana
siguiente soy la primera en despertarme. Retiro con cuidado el brazo de
Cristina, que ha amanecido tal y como se durmió y me levanto a beber agua. No me sorprende
ver varios mensajes en el grupo de WhatsApp de mi familia, preguntándome la
hora a la que voy a llegar a casa, dónde he estado y todas esas cosas, así que
decido encerrarme en un baño y llamar a mi madre, que digo yo que un domingo a
las once estará despierta. –Buenos días mamá-digo, en cuanto coge el teléfono-. Antes de nada:
estoy en casa de Anna, que nos hemos quedado a dormir aquí; en media hora estoy
en casa y no, no he desayunado. –Vale, vale y vale. Te guardo churros entonces, ¿no?-me dice, con una
risilla. –Sí. Te veo ahora-digo. Mientras cuelgo, voy a la habitación a vestirme,
aunque no me pongo las botas ni me deshago la trenza que me hizo ayer Cris, a
la que despierto con un suave “Dile a Anna que me he tenido que ir, luego pongo
por el grupo de WhatsApp los planes para hoy, ¿va?”. No me molesto siquiera en esperar al ascensor, así que bajo las
escaleras descalza y salgo a la calle, llena de esa gente que se despierta
pronto para correr o para ir a por churros.
Diez minutos
más tarde estoy cruzando el umbral de mi casa. Lo primero que me encuentro es a
mi padre vestido como si fuera a irse a jugar al golf. –Buenos días, papá-digo, subiendo a mi habitación a ponerme algo más
cómoda. Dos minutos más tarde, bajo vestida con las mallas cortas de estar por
casa y una camiseta ancha. En la cocina está mi madre, calentándome el chocolate mientras me pone
cuatro churros por delante. Mi hermana pequeña aún sigue desayunando en pijama
y mi melliza está tirada en el sillón, en pijama, leyendo.
–Buenos días-me dice María, mi
hermana pequeña. La verdad es que no sé exactamente a donde va toda la grasa
que ella come porque está muy delgada y tiene un cuerpo perfecto a sus quince
años. Su larga melena rubia está cogida
en un moño alto despeinado y sus ojazos azules apenas pueden abrirse a causa
del sueño que tiene.
–Buenos días, Lau-me dice Paula, mi melliza. Ella es casi todo lo contrario
a mí: morena, un poco más alta que yo y un poquito más rellenita. Quizá solo
nos parecemos en los ojos marrones, porque entre ella y mi larga cabellera
rubia y rizada, mi delgado cuerpo y mi figura de metro sesenta, pocas
similitudes hay. –Buenos días a las dos-digo, sentándome a desayunar-. ¿Qué planes hay
para hoy? -Pues el de todos los domingos por la mañana-dice mi padre-. Hoy tengo
que machacar a Francisco como sea. Este no me vuelve a hacer birdie en el hoyo
4. –Yo a recoger la
habitación-comenta María, mientras Paula asiente desde el sillón. –Vale, pues como veo que aquí todo el mundo sois unos malos cristianos,
me tocará bajar a misa sola-digo, con la boca llena hasta rebosar de churros.
Trago como bien puedo y miro el móvil-. Bueno, en realidad estas bajan así que
ya no voy sola. –Y seguro que tu amado y querido Iván también va a bajar-me dice Paula,
mientras yo alzo el dedo corazón de mi mano izquierda, indicándole sutilmente
que se vaya a pastar-. Es verdad, el otro día bajé yo a recoger a María y bien
que se estaban liando en la fachada de la iglesia, a la salida. –Veo
que aquí hay alguien resentido y envidioso-dice mi madre, riéndose-. Paula,
hija mía, si están juntos, ¿qué quieres que hagan sino liarse? Amo a mi madre cuando
se pone así, porque hace que mis hermanas se callen cuando empiezan a meterse
conmigo y con mi novio. Sí, están muy resentidas, como podéis notar. A María le
dejó su novio la semana pasada y Paula lleva en sequía un año (por lo que
sé). –Calla mamá-dice Paula, riéndose.
–Bueno,
yo me voy arriba a cambiarme de ropa que tengo que pasar a recoger a estas que
aun siguen en casa de Anna dentro de nada-digo, bebiéndome el chocolate del
tirón.
En
cuanto estoy en mi habitación, ni siquiera miro ropa mona para ponerme sino que
saco un vestido blanco del armario y unas sandalias de tacón malvas y me lo
pongo. Justo en el momento en el que voy a ir al baño, se me cruza Paula. –Si quieres seguir pinchándome con el tema de Iván hazlo, pero déjame
pasar que tengo que maquillarme y peinarme-le digo sin fijarme en su rostro,
pero es levantar la vista hacia sus ojos y saber que no viene a decirme cuatro
chorradas-. Vale, vamos a mi habitación.
En cuanto entramos me dejo
caer en la cama y le hago un hueco a mi hermana para que se siente a mi
lado. –Estoy embarazada-me suelta, en cuanto se sienta.
Mi mente
tarda varios segundos en entender esas dos simples palabras. No puede ser
verdad. Mi hermana es una pringada que no sale de fiesta por ahí, no tiene
novio y hace como un año que no está con nadie. No puede ser real.
-¡¿CÓMO?!-le digo, sorprendida. Debo de tener cara de retrasada en estos
momentos. –Pues eso…estoy embarazada-me repite, mirando al suelo,
avergonzada. -¿Pero se puede saber cómo ha pasado? Es decir, está claro lo que has
hecho pero….me entiendes, ¿no?-balbuceo.
–
¿Recuerdas ese chico que te estuvo rondando a ti en nuestra fiesta de
cumpleaños? Bueno, pues luego se me acercó a mí, yo ya iba un poco achispada y
él me invitó a dar una vuelta para despejarme un poco. No sé muy bien cómo
acabamos en su apartamento y….-me cuenta, roja del mal rato que está
pasando. -¿Se lo has contado?-le pregunto.
–Sí,
claro que sí. Me ha dicho que me vaya a vivir con él-me contesta. Ante mi mirada
de confusión añade-. Llevamos saliendo desde unos días después de la
fiesta. –Entonces
solo te queda un pequeño detalle, de estos que apenas se perciben y que apenas
pueden hacerte cambiar de opinión: ¡MAMÁ Y PAPÁ!-le digo, aún en estado de
shock.
–Esta noche se lo cuento, tú tranquila.
Ahora vete a peinarte, maquillarte o lo que sea que tuvieras que hacer-me dice
Paula sonriendo.
–Vale. Una última cosa, ¿por qué me lo cuentas ahora? Es decir, ¿estás
embarazada de casi cinco meses y me lo cuentas ahora?-le pregunto.
–Sergio no quería contarlo antes de que supiéramos bien que vamos a
hacer-me responde-. A propósito, ni una palabra de esto a nadie, ¿entendido?
Me
dirijo al baño a deshacerme las trenzas y a arreglarme un poco el maquillaje,
pero no puedo dejar de pensar en mi hermana. Ahora ya me explico eso de que no
beba y de que esté un poco más rellenita, aunque no se le nota para nada.
“¿Sabes lo malo de esto? Que de un día para otro se le va a notar demasiado y
no lo va a poder esconder más” me digo a mí misma. ¿Cómo
alguien va a poder ser madre/padre a los dieciocho? Yo, personalmente, no
podría apartar mis estudios y mi vida solamente para ser madre. Ya tendré
tiempo para hacer de madre cuando consiga un trabajo.
En estos pensamientos estoy
cuando me di cuenta de que ya se está haciendo tarde y de que no íbamos a
llegar ni de coña a misa, así que me termino de maquillar a la velocidad de la
luz y, cogiendo las llaves de mi coche, salgo de mi casa a toda pastilla, sin
apenas despedirme. Tengo la enrome suerte de que no hay ni un solo semáforo en rojo hasta
llegar al portal del edificio de Anna, donde me esperan las tres, de brazos
cruzados. –Subid, taxi Laura les ofrece la mayor garantía de servicios del mercado. ¿Cuál es vuestro destino?-dijo la chica, aparcando el coche. –Concatedral de Santa María, por favor-dice Sara, saludándome con la
mano. Lleva unos vaqueros largos y ajustados, una camiseta blanca y unas cuñas
altas azules, su melena está suelta y rizada. Cristina lleva un vestido blanco
y unas sandalias de tacón color cuero, mientras que su larga cabellera cobriza
está suelta y lisa y le cae por la espalda descubierta. Ana, sin embargo, es la
única que va plana de las cuatro, con una falda plateada, un top malva a juego
con unas bailarinas del mismo color mientras que, como las demás, lleva el pelo
suelto y liso. Están perfectas, como
siempre. –Ahora
mismo-respondo, mirando el reloj-. Por si las señoritas no se han dado cuenta,
yo lo comento: tenemos diez minutos para estar sentadas en misa si no queremos
que el cura nos asesine.
Las cuatro nos miramos un
segundo a los ojos, pero no nos falta ni un segundo para salir corriendo hacia
la iglesia. Está a menos de diez minutos de la casa de Anna si te metes por un
callejón, pero el Ayuntamiento decidió que no era seguro pasar por allí y lo
cerró, así que nos toca dar toda la vuelta a una calle hasta que consigues
salir a la calle principal en la que está la iglesia.
Unos pocos
minutos más tarde ya estábamos sentadas en el banco de siempre, esperando a que
llegaran los demás. No caí de quién iba a aparecer hasta que le vi entrar por
la puerta. Su pelo castaño, cortado a la moda del momento, le hacía inconfundible.
Sus ojos color avellana miraban por la iglesia, buscándome entre la multitud
que estaba entrando en ese momento. Hoy lleva la camiseta que tanto me gusta,
la que le hacía un cuerpo de infarto, machacado por horas y horas de gimnasio y
de fútbol. Mis razones por las que se supone que tendría que estar cabreada con
él se desvanecen de un plumazo y creo que lo único que me mantiene sentada en
el banco es mi sentido del ridículo, porque mi mente y mi corazón me están
ordenando que corra hacia él para abrazarle. Cris, que está sentada conmigo en el banco, percibe toda esta confusión
que hay en mi mente y me susurra: -Anda, ves a por él. La misa aún no ha empezado.
Así que le
hago caso a una de mis mejores amigas y me levanto lentamente, pero es verle a
él y a esa camiseta que le regalé por su cumpleaños y dejarme de delicadezas.
Ando deprisa hacia él con una enorme sonrisa y cuando llego a su lado
literalmente me cuelgo de su cuello.
–Lo siento mucho, de verdad, siento muchísimo
lo de anoche y no quería dejarte plantada pero…-empieza a balbucear, rojo de la
vergüenza. No le dejo acabar porque mis labios sellan cualquier protesta. La gente que está entrando a la iglesia nos mira mal porque estamos prácticamente en la entrada, pero a nosotros nos da más bien igual porque no paramos. Casi dos minutos despues, una señora nos da un golpe enla rodilla con el bastón y nos mira como diciendo "este es un lugar sagrado, iros afuera si queréis seguir". Así que le hacemos caso y salimos afuera. –De verdad que lo siento, Laura-me dice, cuando nos sentamos en un banco
de piedra que pertenece a la fachada del edificio-. No pretendía hacerte
eso.
-¿Por qué ni siquiera me cogías el teléfono?-le pregunto, con un tono
dulce. –Mis padres ayer se fueron de cena y me dejaron con mi hermano pequeño. Lucas no quería que ellos se fueran así que le entró una rabieta y me tiró el
móvil desde la litera. Está roto y mi padre está ahora mismo intentando
arreglarlo pero no está teniendo mucha suerte así que por eso no te pude
avisar-me dice, triste. –Anda
que darle el móvil a un crío de tres años-le digo, riéndome-. No pasa nada, son
cosas que pasan.
–Te
tengo que compensar por lo de anoche. ¿Qué te parece cenar conmigo esta
noche?-me propone.
–Tengo cena con mis
padres, lo siento-respondo. Al ver su cara de pena y fastidio añado-. Pero a
las doce habré acabado. ¿Tomamos el postre los dos juntos? -Me parece una idea perfecta-me dice. Desde dentro de la iglesia se empieza
a oír las guitarras y las voces del coro-. Anda, entremos.